A la gente normal se le ocurre visitar ciudades normales visitadas por todo el mundo. Por ejemplo, en un viaje a la Costa Azul uno debería parar en Marseille, Nice y Cannes. Bueno, no soy gente normal. La próxima parada al salir de Avignon fue Aix-en-Provence, una parada exquisita camino al sur y la costa francesa en el mediterráneo. Y la verdad que la elección no me decepcionó. Luego de una hora y media de viaje en auto por la autopista desde Avignon, llegamos a la «ciudad de las fuentes», como la bauticé. Está repleta de fuentes de distintas épocas y estilos, por no mencionar que también hay termas que datan de la época romana.

Apenas salir del parking subterráneo que nos dejó justo debajo del centro neurálgico de la ciudad, reconocido por la fuente principal, nos encontramos con que ese domingo era día de fiesta. Un grupo de personas vestidos de época nos recibieron en la explanada, y pensamos que habíamos viajado al estilo Volver al futuro. Hasta que al lado vimos un H&M.

Aix-en-Provence era una parada técnica, sólo para comer al sol, camino a Toulon. Pero su encanto nos sedujo para visitarla brevemente un rato más. La Oficina de Turismo, lugar que recomiendo visitar siempre al llegar a una ciudad francesa, nos facilitó un mapa muy bien indicado para movernos por los principales puntos de interés, y entender a qué se debían todas estas fuentes, y encontrar los tesoros de la ciudad. Un paseo entre el sol y una breve lluvia de verano.








La próxima parada fue Toulon, que fue algo más que técnico porque supuestamente nuestro hotel estaba ahí, camino a Nice. Error. Otro más. Pero mientras ubicábamos dónde teníamos que ir, conocimos el puerto de Toulon, que es una versión menos glamorosa de Nice pero que con su atardecer nos deslumbró. Mucho más no encontramos para ver.


Me quedaron las ganas de ver más. En alguna oportunidad incluiré las ciudades típicas como Marseille, Nice o Cannes, pero por sobretodo deseo ver con mis ojos los campos lilas perfumados de lavanda y sentir que existe un mundo detenido por el tiempo. Será cuestión de volver.
Después de ese atardecer de maravilla, se largó una tormenta arrasadora mientras tratábamos de ubicarnos. El viaje a Puget-Ville, un simpático pueblito tierra adentro dedicado al cultivo de la vid, era nuestra siguiente parada. No sé por qué pero tenía un aire a una ciudad de la provincia de Buenos Aires, y me evocó algo similar a visitar Lobos. Nuestro destino era un bed and breakfast donde íbamos a hacer noche. Resultó ser mucho más de lo que esperábamos. Al llegar nos recibió un arco iris y Geoff y Cyndie, un inglés con su mujer francesa anfitriones de Pachavilla, con una copa de vino rosado como bienvenida.

Esta parada fue una grata sorpresa. Cambió nuestros planes, los de los anfitriones y los de los otros huéspedes. Llegamos un domingo y no teníamos muchas esperanzas de hacer algo copado dado que todo suele estar cerrado, y más en un pequeño pueblo. Geoff nos ofreció cocinar spaghettis a la bolognesa, pero no hubo quorum. Una pareja joven de alemanes, Nadine y Tino, salía a cenar en un restaurant de un pueblo cercano, donde Cyndie les había reservado. Pedimos si nos reservaban también, y por último decidieron sumarse Geoff y Cyndie, acabando con la cena romántica de los alemanes. Conclusión: Geoff nos subió a todos a la camioneta y partimos a cenar juntos al pueblo de Cuers, en un restaurant mínimo atendido por sus dueños, en un pueblito cercano. Comimos unos pescados exquisitos, tomamos vino y nos reímos como hacía rato no sucedía.

Y como si fuera poco, terminamos la velada en el quincho de nuestros anfitriones, tomando cerveza y tragos en la barra al lado de la pileta de Pachavilla. Así pasamos de un domingo sin planes a una noche increíble con nuevos amigos, y disparatada a más no poder. Geoff no paraba de hacer de showman y nosotros de seguirle el juego. Resultado: una locura total que nos regaló una noche de relax nunca imaginada en nuestros planes, en un pueblito sin atractivos turísticos subrayables.



Al día siguiente debíamos partir rumbo a Nice, pero la lluvia caía copiosamente y nos hizo cambiar los planes nuevamente. Cyndie nos preparó un desayuno de gloria, y Geoff nos armó una excursión (sin cargo) a su trabajo, una cooperativa productora de vinos llamada Cellier Saint Sidoine, para que conozcamos todo el proceso por dentro. Sus vinos son los Coste Brulade, de Côtes de Provence, lo que nos dió una idea del tipo de producción de este lado, con predominancia del rosado.





Éste fue el fin de esta loca aventura por el sureste francés. Aquí me despedí de todos. Geoff, y compañía, me llevaron hasta la estación donde partí de vuelta a casa, en Lalbenque. Éstas son las experiencias de viaje que no se encuentran en un tour armado. Hay que estar dispuesto a la sorpresa, ser flexible, y permanecer con la mente abierta. A veces te podés sorprender, y aprender y divertirte más en el lugar menos pensado. No necesariamente uno viaja a visitar ciudades. A veces uno debería viajar sólo para conocerse y conocer a los otros.
Créditos: a Flor y a Martincito, su oso viajero, por ser excelentes compañeros de ruta., a Geoff y Cyndie por su inmensa hospitalidad y por convertir nuestra estadía en una caja de sorpresas, y a Tino y Nadine por coparse con toda la buena onda.

Como siempre un relato exacto de lo sucedido!!!! hermosa experiencia vivida!!!!
Es verdad, es una forma diferente de viajar, y mucho mas completa. Se conoce gente, se comparte mas, y la experiencia hace darle otro valor a las cosas vividas!!!!! Chapeau!!!!!!!!!!!