Figeac fue una de mis primeras visitas por el territorio francés. Digamos que la primera salida oficial, de turismo. Como siempre, llegamos tarde, para lo que en mi país sería la hora de la merienda y donde aquí ya empieza todo a cerrar. Pero no es fácil estacionar en una villa medieval, hay que ser justos.

Figeac nos recibió con la Oficina de Turismo abierta, al menos. Era esencial agarrar como mínimo el mapa, dado que la ciudad está indicada para recorrerla a través de una numeración que te va guiando. Obviamente, no la hicimos en orden. No habría caso, no sería yo. Pero ayudó.

Acto seguido, nos tomamos un café en una de sus plazas principales y empezamos a contemplar lo que alguna vez fue la ciudad de ricos comerciantes y próspera villa medieval.


Por supuesto, volví días después para recorrerla en horario normal y visitar los museos. Es imposible no visitar el Museo de Champollion. El señor Chapollion dejó su vida estudiando las distintas lenguas y fue quien, luego de varios años, ayudó a descifrar la Piedra Rosetta, la misma que se encuentra hoy en el Museo Británico (como tantas otras cosas, y que ya podrían ir devolviendo) y cuyo trabajo ayudó a descifrar más jeroglíficos. Hoy en día, la ciudad cuenta con una Piedra Rosetta gigante en una plaza detrás del museo que se llama Place des écritures (o Plaza de las escrituras).


En el museo que lleva su nombre pueden observarse sus papeles de trabajo, y cómo el hombre de a poco y a través de muchas cartas con colegas (no existía ni el mail ni Google, chicos) fue arribando a distintas teorías hasta encontrarle la lógica. Jean-François Champollion solicitó que le mandaran una copia de la piedra (no había fotocopiadora tampoco) para poder trabajar. Y no sólo esto, sino que el señor cuando era un mocoso vió en un diario (el Courier d’Egypte) donde dicha piedra era traída por Napoleón luego de sus guerras en Egipto (en el camino de vuelta se la quedaron los ingleses) y siempre le quedó la duda. Pequeña obsesión tenía el hombre con la bendita piedra.

Su museo es chiquito, tamaño pueblo, pero cuenta con muchísimos ejemplares y tecnología de punta (videos, plasmas, audios, etc.), que permiten recorrer el origen de las lenguas y entender cómo se relacionan, se mezclan, se influencian los idiomas y las culturas. Y nuestra forma de pensar. ¡No es poco!

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